El Malacara

(…) " lo conoci cuando era un potrillo en la chacra del señor DAVID C. THOMAS, era su propietario.
Era el año mil ochocientos setenta y ocho, el MALACARA tenia un año aproximadamente; una noche los indios entraron a robar caballos, la redada fue corta y con apuro los caballos robados no era muchos, pero entre ellos iba el MALACARA.
A fines del año mil ochocientos ochenta tres en mi viaje a la cordillera en compañía de mis tres amigos, hicimos campamento en Villegas, nuestra caballada de diez y siete caballos de silla y una yegua madrina con cencerro, una madrugada juntamos la tropilla y en total había diez y nueve caballos, traté de recordar de dónde lo conocía, hasta que me di cuenta que era el potrillo de THOMAS. 
En algún traslado de los indios este caballo se había perdido tratando de encontrar su querencia, y esa noche que se juntó con nuestra tropilla fue que reconoció el cencerro de la yegua.
El MALACARA había sido amansado por el indio hecho de rienda y para la atropellada respondia como si le picaran las espuelas, se notaba que tenía un entrenamiento especial para bolear, además era ligero y firme para correr en terrenos desparejos.
Desde un primer momento hubo entre nosotros un acercamiento, se arrimó olfateando y este gesto simpático hizo que nos aceptáramos mutuamente, la mañana del cuatro de marzo de mil ochocientos ochenta y cuatro, el día de la masacre de mis compañeros, ensille el MALACARA para cazar algo para comer, el día era caluroso y corría una briza del oeste o mejor dicho viento de cola, noté que mi caballo olfateaba en el aire algo que no podía discernir o distinguir pero daba señas de estar muy nervioso, las orejas paradas y alertas, levantaba el pescuezo como pidiendo rienda, al pasar los años me di cuenta del significado de su actitud lo que él olfateaba era el olor al indio impregnado de grasa de potro, avestruz, o guanaco que les eran familiares y seguramente le traerían reminiscencias del mal trato del indígena, esto terminó preocupándome; miré para atrás varias veces pero no pude ver nada. Hasta que de pronto se oyó el alarido de guerra y la atropellada de los lanceros, hoy aún me toma por sorpresa, me asombra el recuerdo de ese ataque que terminó en una masacre, experiencia que se grabó en mi corazón y que he transcripto sobre la piedra que es su tumba; estas palabras quedarán perpetuadas en el tiempo y dice: "que me salvó la vida"
Luego de un tiempo fui a ver al señor THOMAS para hacer con él cualquier arreglo por el MALACARA, ya que él lo había perdido y yo lo había encontrado y le debía todo. No pude hacer ninguna transacción, le ofrecí hasta lo que no tenia para pagar y respondió que no. Yo no estaba dispuesto a perder a mi fiel compañero, recurrí a todo tipo de negociaciones, solo queria tener la conformidad del señor THOMAS, nuestro desacuerdo fue creciendo y se había hecho muy popular.
Un día concurrimos a una reunión para deliberar sobre la construcción de los canales, en la cual se hallaban presentes la mayoría de la gente del Valle, uno de los presentes oportunamente propuso que ya que estábamos todos reunidos proponía resolver el problema del caballo el MALACARA, y que levanten la mano los que creian que el caballo debía ser cedido a mí, de esta forma obtuve el caballo y quedé contento y tranquilo gracias a este fallo.
A partir de este momento mi vida y la del Malacara están unidas en cada nueva expedición que emprendimos. (...)
(...) Durante muchos el fiel caballo llevó a mis hijos hasta la ESCUELA N° 18 enancados y como diría MONCO "amontonados como garrapatas" iban hasta tres juntos.
Era el año 1909 el TERCER MOLINO ya funcionaba, el MALACARA vivió su vejez cerca de la casa, todas las mañanas me acompañaba hasta el alambrado que cercaba el molino y allí esperaba la ración de afrecho. Pero una mañana de invierno salí temprano del trabajo y al pasar junto al cajón de afrecho aún intacto comprendí que algo algo le había ocurrido, el agua que alimentaba las máquinas del molino corría por una zanja no muy ancha pero si profunda y la helada de las noches anteriores habían hecho una capa gruesa de hielo, presentí lo ocurrido y apuré mis pasos zanja arriba campeando en cada sauce y matas, hasta que de pronto lo vi que ya estaba muerto, al saltar con su pesado y viejo cuerpo patinó en el hielo y cayó con la cabeza abajo de la paleta. Esta caída es casi siempre fatal, allí estaba tendido mi caballo, en ese momento reviví las muchas leguas galopadas juntos por el gran desierto.
Cerca de la casa había una enorme piedra que es su tumba, yo ya la tenía en cuenta que el día que muera, este sería su lugar; además deseaba enterrarlo allí a la sombra de los sauces donde el canto de los pájaros hacen himnos a la naturaleza. Murió en el invierno de 1909, vivió aproximadamente 31 años y en 1927 hice grabar con el señor ARTEMIO ANTONIO LOPEZ (peluquero español radicado momentáneamente en Trevelin) la actual inscripción en la tumba que dice así:
                      
                                                                         AQUI  YACEN  LOS  RESTOS
                                                                    DE  MI  CABALLO  EL  MALACARA
                                                          QUE  ME  SALVO  LA  VIDA  EN  EL  ATAQUE
                                                                                  DE  LOS  INDIOS
                                                        EN  EL  VALLE  DE  LOS  MARTIRES  EL  4-3-84
                                                              AL  REGRESARME  DE  LA  CORDILLERA

                                                                                          R  I  P
                                                                               JOHN  D.  EVANS" (...)

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